Leónidas de 2034: el máximo previsto cae de madrugada en España

Las Leónidas de todos los años son una lluvia discreta: entre diez y veinte meteoros por hora, según el Instituto Geográfico Nacional. Pero cada 33 años, cuando su cometa vuelve a pasar cerca del Sol, la cosa cambia. Un trabajo publicado en agosto de 2026 pone el encuentro fuerte del próximo ciclo en la madrugada del 18 de noviembre de 2034, a las 03:30 UT, que son las 4:30 de la madrugada en la Península y las 3:30 en Canarias. A esa hora, según nuestros cálculos, España está bien colocada: noche cerrada, sin Luna y el radiante ya a 47 grados sobre Madrid.

Esa es la parte firme. La cifra de meteoros que acompaña a la fecha es mucho menos firme, y quien más avisa de ello es el propio autor del trabajo.

Qué dice exactamente el modelo

El trabajo lo firma Shinsuke Abe, de la Universidad Nihon, y está disponible en arXiv desde el 26 de agosto de 2026, enviado a la revista Icarus. Es un modelo de estelas de polvo: simula dónde soltó su polvo el cometa 55P/Tempel-Tuttle en cada una de sus vueltas y calcula cuándo cruza la Tierra cada uno de esos filamentos. Para las previsiones de 2031 a 2035 usa cinco simulaciones, una por año, con 450.000 granos repartidos en dieciocho estelas que van de 1433 a 1998.

Su resultado principal es que el 18 de noviembre de 2034 no hay un máximo, sino dos, separados por veinte horas y de altura parecida.

Los dos máximos previstos para el 18 de noviembre de 2034, según la Tabla 5 de Abe (2026). El ZHR es el del perfil completo (estelas más fondo anual) y la banda es la que la Tabla 5 da para cada máximo.
Máximo Hora UT Península Canarias ZHR previsto Banda Estela
Primero 03:30 (±1 h) 4:30 del día 18 3:30 del día 18 1.401 158 a 13.824 1932
Segundo 23:45 (±3 h) 0:45 del día 19 23:45 del día 18 1.217 129 a 12.099 1733

Las horas de la tabla llevan su margen porque el modelo se lo pone: una hora arriba o abajo para el primer máximo, que sale de una estela joven de tres vueltas, y tres horas para el segundo, que sale de una de nueve. La razón de esa diferencia la explica el propio trabajo: una vez fijado el punto donde el cometa soltó el polvo, el error que queda se acumula durante los siglos que ese polvo lleva vagando por su cuenta, y las estelas viejas llevan más siglos. El grueso de cada máximo lo aporta una sola estela: 1.376 de los 1.401 del primero salen de la de 1932, y 1.180 de los 1.217 del segundo, de la de 1733.

¿Por qué España mira bien el primer máximo?

Porque cae de madrugada y con el radiante alto. El paper da tiempos en UT y no calcula alturas para ningún lugar concreto, así que estas cifras las hemos calculado nosotros con Skyfield y la efeméride DE421 del JPL, usando el radiante que publica la International Meteor Organization para las Leónidas con su deriva diaria.

Altura del radiante de las Leónidas y situación del Sol y la Luna en los dos instantes previstos, calculado para Madrid y Tenerife.
Instante Radiante en Madrid Radiante en Tenerife Sol en Madrid Luna
18 nov, 03:30 UT 47 grados (al este) 36 grados (al este) 41 grados bajo el horizonte Puesta en los dos sitios
18 nov, 23:45 UT 5 grados Bajo el horizonte 69 grados bajo el horizonte Recién puesta en Madrid, a 10 grados en Tenerife

Calculado con Skyfield (efeméride DE421 del JPL) para Madrid (40,4168° N; 3,7038° O) y Santa Cruz de Tenerife (28,2916° N; 16,6291° O). Alturas sin corregir por refracción atmosférica. Cómo calculamos.

El detalle importa. A las 03:30 UT del 18 de noviembre de 2034 la noche astronómica lleva nueve horas abierta en Madrid (con el Sol a más de 18 grados bajo el horizonte, empieza a las 18:31 UT del día 17 y termina a las 05:29 del 18) y la Luna se puso a las 22:26 UT del día anterior, con apenas el 40% de su disco iluminado. En Tenerife, lo mismo: noche cerrada desde las 19:34 UT y Luna puesta desde las 23:39.

Conviene no exagerarlo. Las 03:30 UT son un buen momento, no el mejor de la noche: el radiante sigue subiendo después y culmina a 71 grados a las 06:35 UT en Madrid, ya con el cielo clareando. Lo que hace afortunado el reparto es que la hora que fija el modelo cae dentro de la franja utilizable, y no de día, que es lo que le pasa a media Europa cada vez que se anuncia algo así.

Como esas cifras son nuestras y sostienen buena parte del artículo, las hemos contrastado con el servicio de efemérides Horizons del JPL: las alturas del Sol y de la Luna coinciden por debajo de la centésima de grado en los dos sitios y en los dos instantes.

El segundo máximo no es nuestro, salvo que llegue tarde

A las 23:45 UT del 18 de noviembre el radiante está a 5 grados sobre Madrid, es decir, prácticamente pegado al horizonte, y bajo el horizonte desde Tenerife. Con el radiante ahí, un máximo se pierde casi entero, y por eso la definición del ZHR lo normaliza al cénit: la altura del radiante es lo que separa la cifra del modelo de lo que se cuenta desde una manta.

Pero ese máximo es el que lleva el margen de tres horas. Si se retrasa hasta el borde de su propia horquilla, a las 02:45 UT del día 19, el radiante estaría a 38 grados sobre Madrid y a 27 sobre Tenerife, en noche cerrada y con la Luna puesta otra vez. Dicho al revés: del segundo máximo, España solo ve algo si llega tarde, y eso no se sabrá hasta la propia noche.

La hora es sólida. La cifra de meteoros, mucho menos

Aquí está el aviso, y va en el cuerpo del artículo porque no cabe en una nota al pie.

Primero, qué significa ese 1.401. El ZHR no es lo que va a ver usted. Según lo definen tanto la IMO como el IGN, es el ritmo máximo que se observaría a simple vista si el radiante estuviera en el cénit y las condiciones de visibilidad fuesen óptimas: una tasa normalizada, no un recuento. Con el radiante a 47 grados sobre Madrid y desde un sitio real, el número que uno cuenta es bastante menor.

Segundo, y más serio: esa cifra descansa sobre una corrección que el propio autor califica de extrapolación. Al auditar su modelo contra todos los máximos que genera, y no solo contra los que la literatura le pide reproducir, Abe descubrió que sobrepredice dieciocho veces la estela de 1932, que es justamente la que domina el máximo de 2034. Lo midió contra un estallido real: el del 17 de noviembre de 2000, con un ZHR de 130 medido por la red de la IMO, donde su modelo ponía 18,6 veces más.

La solución que adopta es empírica: dividir por 18,6 todo lo que venga de esa estela. Con esa corrección, el máximo de 2034 queda en unos 1.400. Sin ella, saldría 26.000, y aplastaría al segundo máximo veinte a uno. Y el autor deja escrito que aplicarla a 2034 es una apuesta: los tres encuentros que la sujetan son cruces por la periferia de la estela, mientras que en 2034 la Tierra pasa prácticamente por su centro.

Tercero, hay un margen más, independiente del anterior. El reparto de tamaños de los granos de esa sección choca con el grano más pequeño que la simulación sabe generar, así que el modelo no puede medirlo y tiene que suponerlo: eso solo deja su tasa entre 436 y 1.376. Por el extremo bajo de esa horquilla, el primer máximo caería por debajo del segundo, y el orden de la noche se daría la vuelta.

Con todo eso encima, el modelo emite las Leónidas en clase B, la intermedia de las tres clases de confianza que maneja. La banda que la Tabla 5 pone junto a la previsión de 1.401 va de 158 a 13.824, y eso antes de aplicar la horquilla del párrafo anterior.

El contraste con los otros dos modelos publicados que cubren este retorno dice lo mismo desde fuera: los tres colocan la estela de 1932 dentro de una ventana de 30 minutos (03:04, 03:30 y 03:34 UT), y sus tasas van de 400 a 2.000. Las horas son el producto robusto de estos modelos; las cifras de meteoros, no. El autor lo resume sin adornos: «We do not present our values as the safe ones», no presentamos nuestros valores como los seguros.

Lo que este modelo arregló, y la tormenta que se llevó por delante

La aportación técnica del trabajo explica por qué merece la pena mirarlo, y también por qué hay que tomarse en serio sus avisos.

El hallazgo es incómodo: en modelos de este tipo, la mayor fuente de error no es la física del polvo ni la maquinaria del encuentro, sino saber dónde estaba el cometa cuando soltó ese polvo. Integrando hacia atrás la órbita de 55P/Tempel-Tuttle, los puntos de emisión anteriores a 1700 acaban a más de una unidad astronómica de donde las observaciones históricas dicen que estuvo el cometa. La solución de Abe es anclar esos puntos a la efeméride del JPL en vez de deducirlos, y funciona: con ese cambio el modelo recupera la atribución clásica de las tormentas de 2001 y 2002 a la estela de 1767, acertando sus horas con 1 y 40 minutos de error.

El precio de arreglarlo es que una predicción anterior se cae. La versión sin anclar del mismo modelo daba una tormenta para 2033, y al colocar bien los puntos de emisión resulta que las estelas responsables pasan lejos. Lo que queda para 2033 sigue siendo un año interesante, pero por otra vía.

Lo más aleccionador es que ese error era invisible desde dentro. La versión equivocada había pasado un estudio de convergencia, un Monte Carlo sobre la incertidumbre de la órbita y un estudio de resolución. Ninguno lo detectó. Que un modelo converja al añadirle partículas certifica su muestreo, no su geometría, y esa es la moraleja que el trabajo saca en limpio.

Los otros años del ciclo

El cometa 55P/Tempel-Tuttle pasa por su perihelio el 20 de mayo de 2031, y de ahí sale todo lo demás: las Leónidas dan sus mejores años alrededor de esa fecha, con un periodo orbital de 33,2 años que es el que marca el ritmo de las tormentas históricas, como la de noviembre de 1833.

Previsión completa del modelo para el ciclo, según la Tabla 5 de Abe (2026). Las horas son UT.
Año Fecha y hora del máximo ZHR previsto Estela principal
2031 18 de noviembre, 06:36 24 Solo fondo anual
2032 17 de noviembre, 13:35 27 1965 (4) y 1567 (1); el resto, fondo anual
2033 17 de noviembre, 22:56 1.409 1899
2034 18 de noviembre, 03:30 y 23:45 1.401 y 1.217 1932 y 1733
2035 19 de noviembre, 14:16 651 1833

2033 merece un apunte, porque es donde el modelo se contradice a sí mismo de forma útil: la estela responsable es la de 1899, la misma que produjo la tormenta de 1999, y la versión anterior de esta previsión le daba un ZHR de 130 en vez de los casi 1.400 de ahora. Y 2031 y 2032, pese a ser los años del perihelio, se quedan en el fondo anual de siempre. El polvo no está donde está el cometa: está donde lo dejó hace vueltas.

Qué hacer con esto hoy

Poco, y esa es la respuesta honesta. Faltan ocho años, y una previsión de estelas de polvo se recalcula muchas veces antes de su noche: este mismo trabajo es el ejemplo, porque corrige dos errores de sus propias versiones anteriores y borra de un plumazo una tormenta que esas versiones daban por hecha. Lo que sí se puede dar por bueno desde ahora es la parte geométrica, que no depende de ninguna calibración: el 18 de noviembre de 2034, de madrugada, España tiene el radiante alto y el cielo sin Luna.

Y si le pica la curiosidad antes, las Leónidas salen todos los años entre el 6 y el 30 de noviembre. Para verlas no hace falta nada más que tiempo y oscuridad: el IGN recomienda expresamente no usar instrumentos ópticos, porque recortan el campo de visión justo cuando conviene abarcar el mayor trozo de cielo posible. Lo demás es lo de siempre, y lo tenemos contado en la guía de observación de las Perseidas, que sirve igual para cualquier lluvia: tumbarse, mirar a la zona más oscura del cielo y no al radiante, y darle tiempo a la vista para que se acostumbre a la oscuridad. El sitio pesa más que cualquier consejo, así que si puede, márquese uno de los cielos oscuros certificados que hay en España. Qué lluvia está activa cada semana, y si la Luna la va a estropear desde su ciudad, lo dice el calendario de lluvias de estrellas.

Los datos de las simulaciones están depositados en abierto, en el repositorio Zenodo del trabajo, con los parámetros de cada ejecución. Cuando alguien recalcule esta noche, y lo harán varias veces, se podrá comparar con lo que decía hoy. Mientras tanto, hay una pregunta que solo se contesta observando: si el 18 de noviembre de 2034 manda el máximo de las 4:30 o el de la madrugada siguiente. Esa noche mide la corrección que sostiene toda la previsión, y de paso alimenta el censo de lo que la Tierra recibe y no deja rastro.