Desde el Apolo 11, los astronautas ven destellos de luz con los ojos cerrados. No es una impresión suya: la NASA les puso antifaz y cronómetro, y en 1975 ya lo atribuía a rayos cósmicos que atraviesan el ojo. Lo que seguía sin estar claro era el mecanismo, y un trabajo publicado el 12 de agosto de 2026 le pone números a uno de los candidatos: la luz no entra en el ojo, se fabrica dentro, y la fabrican sobre todo los núcleos de hierro.
Con un aviso por delante, porque cambia cómo hay que leer todo lo que sigue: ese trabajo es un preprint de arXiv sin revisión por pares y es una simulación por ordenador, no una medida hecha en órbita. Lo que sí está medido, y lleva medio siglo estándolo, es el fenómeno.
¿Qué vieron exactamente en el Apolo 11?
La tripulación del Apolo 11 fue la primera en describirlo. Según el capítulo que Osborne, Pinsky y Bailey firmaron en «Biomedical Results of Apollo» (NASA SP-368, 1975), durante el viaje de vuelta hacia la Tierra el comandante y el piloto del módulo lunar informaron de que veían débiles puntos o destellos de luz con la cabina a oscuras, una vez adaptados a ella.
A las tripulaciones del Apolo 12 y del 13 se les preguntó después del vuelo, y el detalle que dieron ordena todo lo demás: los veían «con los ojos abiertos o cerrados», según ese mismo informe. Si el párpado no cambia nada, la luz no viene de fuera.
De ahí ese capítulo saca dos conclusiones que siguen vigentes: que el efecto lo produce la radiación cósmica que atraviesa el sistema óptico, porque los párpados no la detienen, y que el asunto va con la retina y no con el nervio óptico, porque hace falta estar adaptado a la oscuridad y los cambios bioquímicos de esa adaptación ocurren en el tejido de la retina.
A partir del Apolo 14 se programaron sesiones dedicadas de observación (tres de una hora en el Apolo 15 y dos en el 16 y el 17), con antifaces diseñados para no hacer presión sobre la córnea y cada evento radiado a las estaciones de seguimiento. De ahí salen dos números de la NASA que conviene tener a mano: se tardaba de media 19,3 minutos en ver el primer destello, y a partir de ahí llegaba uno cada 2,9 minutos.
Punto, raya y nube: las tres formas del destello
El informe de la NASA los clasifica en tres tipos, con sus porcentajes. El 66 % eran «puntos» o «estrellas», que el comandante del Apolo 15 comparó con el flash de una cámara disparado al otro lado de un pabellón a oscuras. El 25 % eran «rayas», con sensación de movimiento. Y el 8 % restante, «nubes»: manchas sin forma definida, siempre en la periferia del campo visual.
No todo el mundo los ve, por cierto. El piloto del módulo de mando del Apolo 16 fue el único al que se instruyó para buscarlos y no vio ninguno, y comentó por su cuenta que considera mala su visión nocturna.
De la Mir a la Estación Espacial: medio siglo midiéndolo
Esto no se quedó en anécdota de misión. El experimento SilEye pasó de 1995 a 1999 en la estación Mir, en lo que L. Narici describe como la campaña de observación más larga que se ha hecho: 29 sesiones con seis cosmonautas y 233 destellos, uno cada 6,8 minutos de media, según su repaso en New Journal of Physics, de acceso abierto.
De ahí salió el resultado que publicó Nature en abril de 2003, firmado por Casolino y el equipo de SilEye-2: «hay dos componentes distintas de los rayos cósmicos que causan estos destellos: una debida a núcleos pesados y otra a protones». Dos mecanismos complementarios, no uno.
El relevo lo tomó el programa ALTEA, en el laboratorio Destiny de la Estación Espacial Internacional desde agosto de 2006, con seis telescopios de silicio montados sobre un soporte con forma de casco. Ahí los destellos escasean: 20 en 414 minutos de sesión, uno cada 20,7 minutos. La razón probable está en la misma fila de la tabla de Narici: el blindaje de ese módulo son unos 10 a 15 gramos por centímetro cuadrado de aluminio, frente a los 3 a 5,5 de los Apolo.
Y una encuesta da la escala humana del asunto. De 98 astronautas a los que se envió un cuestionario respondieron 58, y 47 dijeron haber visto destellos. Alrededor del 20 % contó que le habían perturbado el sueño.
La idea: la luz se fabrica dentro del propio ojo
El trabajo nuevo lo firman D. Švecová, P. Bobík y B. Pastirčák, de la Universidad P. J. Šafárik de Košice y de la Academia Eslovaca de Ciencias. Lo que simulan con Geant4, un programa de simulación muy utilizado para seguir partículas a través de la materia, es un mecanismo concreto: la radiación Cherenkov, la luz que emite una partícula cargada cuando atraviesa un medio más rápido de lo que la luz viaja en ese medio.
El interior del ojo es, para estos efectos, agua. Con un índice de refracción de 1,35, la luz dentro de esa agua va al 74 % de su velocidad en el vacío, y una partícula que la supere deja una estela de luz. Los autores cifran ese umbral, para un protón, en 458 MeV de energía cinética; para un núcleo de hierro entero, su tabla 4 lo pone en 25,6 GeV.
El ojo del modelo es una esfera de agua de 1,25 centímetros de radio, y una partícula que entre por cualquier dirección recorre por dentro 1,667 centímetros de media. Esa es toda la fábrica de luz: centímetro y medio de líquido transparente.
Conviene separar dos cosas que se confunden. Cuando ves un meteoro de las Perseidas, la luz se produce muy arriba, en la atmósfera, y viaja hasta tu ojo. En un destello de astronauta no hay nada ahí fuera: la partícula fabrica los fotones a un centímetro de tu retina, y por eso el párpado no sirve de nada.
Cuánta luz hace falta para que el cerebro se entere
Poca, y ese es medio problema. El trabajo recoge de la literatura clásica que hacen falta entre 50 y 150 fotones para avisar al cerebro de que hay un estímulo luminoso, pero que solo un 10 % llega de verdad a la retina, es decir unos 5 a 14 fotones. El resto se pierde en reflejos y absorción por el camino.
Sobre eso los autores montan su criterio: la retina se divide en cuadraditos de 0,044 por 0,044 milímetros, cada uno con unos 500 bastones, y un cuadradito se da por activado cuando absorbe 5 fotones (o 14, en la versión exigente). Los bastones no absorben todo lo que les llega: el modelo aplica una eficiencia cuántica del 29 %, así que de cada cien fotones que cruzan la retina se pierden setenta y uno.
Ese criterio es lo que decide todo lo demás, y conviene quedarse con la forma en que lo decide: lo difícil no es fabricar fotones, es concentrarlos en un mismo cuadradito.
Las cifras que no salen en el resumen
Aquí está lo que hay que leerse el trabajo entero para saber, porque el resumen no lo lleva. La tabla 5 del artículo cruza los espectros de rayos cósmicos medidos por el detector AMS-02 con la producción de luz de cada elemento, y da dos columnas que responden a la pregunta de golpe.
| Núcleo | Cuántos cruzan el ojo por minuto | Fotones que deja cada uno |
|---|---|---|
| Hidrógeno (protones) | 964,7 | 317 |
| Helio | 97,7 | 1.117 |
| Carbono | 2,7 | 10.281 |
| Oxígeno | 2,4 | 19.506 |
| Hierro | 0,17 | 56.504 |
Producción de luz Cherenkov en el modelo de ojo, según la tabla 5 de Švecová, Bobík y Pastirčák (arXiv:2608.11761).
El trabajo cabe en una línea: por el ojo de un astronauta cruzan 0,17 núcleos de hierro por minuto, uno cada seis minutos escasos, y cada uno deja 56.504 fotones dentro del ojo, según la tabla 5 de Švecová, Bobík y Pastirčák. Los propios autores lo comparan con la frecuencia de destellos de las misiones Apolo, que su tabla 1 sitúa en torno a 0,2 por minuto, y concluyen que de los núcleos más pesados que el oxígeno solo el hierro tiene flujo suficiente para contribuir de forma apreciable.
Hay una segunda cifra del cuerpo del artículo que tampoco viaja en los resúmenes: en las zonas más expuestas de la órbita terrestre, el ojo de un astronauta recibe alrededor de cien protones por minuto con energía suficiente para superar la velocidad de la luz en el agua, contando solo los que llegan desde el cielo de arriba. Cien partículas por minuto capaces de encender la mecha, y aun así los destellos van de uno en uno cada varios minutos.
¿Por qué el hierro, si por el ojo pasan miles de veces más protones?
Porque la luz no se reparte a partes iguales. Un protón deja 317 fotones en su paso por el ojo; un núcleo de hierro, 56.504. Son casi ciento ochenta veces más, y sobre todo van juntos y concentrados, que es lo que exige el criterio de activación.
El hidrógeno y el helio aportan, según los autores, la mayor parte de la luz total que se fabrica en el ojo cada minuto, pero repartida en muchísimos sucesos flojos. Los núcleos pesados son rarísimos y cada uno hace un fogonazo. Su conclusión es que los destellos que ven los astronautas se parecen más a lo segundo: sucesos de decenas de miles de fotones, poco frecuentes, y no a los cientos de fotones del protón corriente.
El modelo predice además la forma. Un núcleo de hierro de más de 40 GeV activa a la vez varios cientos de esos cuadraditos de retina con el criterio permisivo, y decenas con el exigente, así que lo percibido no sería un punto sino una mancha extensa, «como una nube». Es exactamente la tercera categoría del informe de la NASA, la del 8 %.
Y ahí el trabajo entra en una discusión que ya existía. En su repaso de 2008, Narici escribía que «si asociamos las formas difusas con el efecto Cherenkov, podríamos inferir que en torno a un 5 a 10 % de los destellos podrían deberse a este proceso». Los autores del preprint señalan que en sus simulaciones el hierro aporta una fracción parecida del total y es a la vez el que produce las manchas más extensas, y llaman «especulativa» a su propia interpretación.
El blindaje tampoco los para. Un núcleo de hierro de 50 GeV pierde de media 2,7 GeV al atravesar el aluminio y el kevlar de la Estación, alrededor del 5 % de su energía. Llega prácticamente entero.
Dónde el propio trabajo dice que su explicación no basta
Hay una región donde los destellos se disparan: la Anomalía del Atlántico Sur, que Narici describe como la parte del cinturón de radiación interior de la Tierra que queda a baja altitud. Ya lo vieron en el Skylab en 1974, cuando al pasar por encima la tasa se multiplicaba por entre 10 y 20. Y en la Mir, según la nota al pie de su tabla, el ritmo dentro de la anomalía era aproximadamente el doble que fuera.
El modelo Cherenkov no reproduce eso. Metiéndole el espectro de protones atrapados por encima de 70 MeV que midió el experimento PAMELA, la frecuencia de destellos que sale es de menos de uno por semana, cuando lo observado es muchísimo más. Los autores lo escriben sin rodeos: «los destellos observados en la región de la Anomalía del Atlántico Sur los causa otro mecanismo, no la producción de luz Cherenkov».
Es decir: la propuesta explica el caso general, el espacio interplanetario y la órbita baja fuera de la anomalía, y deja fuera un trozo conocido del fenómeno. Quien cuente solo la primera mitad estará afirmando más de lo que el trabajo sostiene.
¿Y por qué no nos pasa a ras de suelo?
Porque aquí abajo las partículas que llegan son otras. Lo que domina a nivel del mar son muones, y los autores repitieron la simulación con ellos. El muón lo tiene todo a favor: su umbral Cherenkov en agua está en unos 52 MeV, nueve veces más bajo que el del protón, así que casi cualquiera de los que cruzan el ojo (unos 5 por minuto, contando que solo llegan desde arriba) produce cientos de fotones.
Y aun así no basta. En 10.000 muones simulados por cada una de las siete energías que probaron no hubo un solo caso que activara un cuadradito de retina, ni siquiera con el criterio más permisivo: la luz sale, pero dispersa. El límite superior que los autores ponen es de un destello causado por un muón cada 24 horas de observación continua, y advierten de que el ritmo real será probablemente bastante menor. Eso es más de cuatro órdenes de magnitud por debajo de lo que cuentan los astronautas.
Subir de altura tampoco cambia el cuadro. En observatorios de 2 a 4 kilómetros la intensidad de muones sube solo un factor de unos pocos. En altitudes de vuelo comercial, de 10 a 15 kilómetros, sí se han descrito destellos, pero los autores concluyen que ahí también los causarían núcleos pesados, como en el espacio.
Así que la respuesta práctica es que este fenómeno no se puede observar desde el suelo, ni en España ni en ninguna otra parte, y subir a un observatorio de montaña tampoco lo arregla. Lo que sí se puede mirar estos días está en la guía del cielo del mes, y si lo que te interesa son los fenómenos sutiles que solo aparecen con el ojo bien adaptado a la oscuridad, ahí están las bandas de sombra de los eclipses.
Cómo se puede comprobar: mirar al cenit y mirar al nadir
Los autores proponen un experimento concreto en órbita baja, en latitudes geomagnéticas altas: que los astronautas observen mirando hacia el cenit y luego hacia el nadir, es decir hacia arriba y hacia abajo. Como la Tierra hace de pantalla y la mayoría de los destellos vendrían de núcleos pesados, mirando hacia arriba queda expuesta una superficie de retina mayor que mirando hacia abajo. Si el mecanismo es el Cherenkov, tiene que haber una diferencia medible entre las dos posturas, fuera de la anomalía.
Si la diferencia no aparece, el modelo tiene un problema.
Qué es este trabajo y qué no es
Es una simulación con Geant4 de partículas atravesando un modelo simplificado de ojo humano, combinada con modelos publicados de percepción visual y con espectros de rayos cósmicos medidos por AMS-02. El código está publicado en GitHub con licencia BSD de dos cláusulas, así que cualquiera puede repetirlo.
No es una medida en órbita, ni un experimento con personas, ni un resultado revisado por pares: es un preprint de arXiv del 12 de agosto de 2026, sin publicar en revista. Y no cierra la cuestión, porque el propio artículo se deja fuera lo que pasa en la Anomalía del Atlántico Sur, y porque los dos mecanismos que planteaba el equipo de Casolino en 2003 (la interacción directa de los núcleos pesados con la retina y las partículas secundarias que generan los protones dentro del ojo) siguen encima de la mesa.
Lo que sí aporta, y no es poco, es una contabilidad. Cuántos núcleos de hierro cruzan un ojo por minuto, cuánta luz deja cada uno y por qué eso cuadra con lo que los astronautas llevan contando desde el Apolo 11. Un dato que ninguna reescritura del resumen trae, y que está en la tabla 5.