TRAPPIST-1: la costa cósmica se mueve y e queda en el filo

Desde 2017, la regla para saber si un planeta rocoso conserva atmósfera ha sido una sola línea: la «costa cósmica». A un lado, mundos pelados; al otro, mundos con aire. El telescopio espacial James Webb la ha roto por los dos extremos a la vez, y un trabajo difundido el 24 de agosto propone sustituirla por dos fronteras con un valle sin aire en medio. Hemos aplicado sus fórmulas a los siete planetas de TRAPPIST-1, y el resultado es que e queda a un 3 % de la frontera: dentro, pero en el filo.

El trabajo lo firman Barron K. Nguyen (Universidad de Stanford) y otros nueve investigadores, y está disponible como preprint en arXiv desde el 24 de agosto de 2026. Lo que sigue mezcla dos cosas que conviene no confundir: lo que dice el trabajo, que atribuimos, y el cálculo que hemos hecho nosotros con su tabla, que señalamos como nuestro.

¿Qué era la costa cósmica y por qué ya no vale?

La idea original es sencilla y por eso funcionó tan bien: la atmósfera de un planeta rocoso es una pelea entre la gravedad, que la retiene, y la radiación XUV de su estrella (rayos X y ultravioleta extremo), que la arranca. Dibuja los planetas conocidos en un gráfico de velocidad de escape frente a irradiación y aparece una raya diagonal. Por debajo, roca desnuda. Por encima, atmósfera.

El Webb ha metido contraejemplos por los dos lados. Por arriba, «mundos de lava» achicharrados, en órbitas de menos de un día, que deberían haber perdido todo y sin embargo no lo han hecho: 55 Cancri e y TOI-561 b tienen espectros del Webb que exigen atmósferas ricas en volátiles pese a la irradiación extrema. Por abajo, planetas templados alrededor de enanas rojas, donde la atmósfera debería sobrevivir sin problema, que salen pelados.

La propuesta de Nguyen y sus colegas es que no hay una frontera sino dos, y que las manda física distinta: un banco de arena cósmico caliente, regulado por la desgasificación, y una costa cósmica más fría, regulada por el escape, con un valle sin aire entre las dos. Ese valle, apuntan, podría ser el cementerio de núcleos de subneptunos a los que se les arrancó la envoltura.

El mecanismo del banco de arena caliente es lo bonito del asunto: en un planeta lo bastante achicharrado se sostiene un océano de magma de larga vida, y el magma disuelve los volátiles y los guarda. A la atmósfera solo asoma una fracción pequeña, que es la única expuesta al escape. Cuando el planeta se enfría y solidifica, la cristalización expulsa de golpe lo que tenía disuelto: mucha más atmósfera a la intemperie, y un manto sólido que ya no la repone. Enfriarse, contra toda intuición, es lo que te deja sin aire.

Qué hemos calculado nosotros, y con qué

La aportación práctica del trabajo es la Tabla 1: para cada tipo de estrella, para cada inventario de volátiles y para cuatro edades (10 millones, 100 millones, 1.000 millones y 5.000 millones de años), publica los cuatro coeficientes de un polinomio que da la posición de la frontera en función de la masa del planeta. Hay una fila específica para TRAPPIST-1, que el trabajo tabula aparte de las enanas rojas genéricas.

Eso es una calculadora, y el trabajo no la usa planeta a planeta. Nosotros sí: hemos tomado la fila de TRAPPIST-1 con el inventario nominal de volátiles (el agua y el CO2 con los que el planeta arranca, que en el modelo son una condición inicial, y de ahí el interés de mirar los dos planetas que nacen a la vez alrededor de WISPIT 2) y órbitas circulares, y le hemos metido las masas y los semiejes de los siete planetas publicados por Agol y sus colegas en The Planetary Science Journal, que son también los valores por defecto del NASA Exoplanet Archive. Ninguna de esas cifras sale del trabajo de la frontera: eso importa, porque es lo que hace que el cruce sea una comprobación y no una redundancia.

El número que sale es un cociente: la distancia real del planeta a su estrella dividida entre la distancia a la que cae la frontera para su masa. Por debajo de 1, el planeta está por dentro de la frontera, del lado sin aire; por encima de 1, está por fuera, del lado que puede retener atmósfera. Cuanto más cerca de 1, menos fiable el veredicto.

Los siete planetas de TRAPPIST-1 frente a la costa cósmica del trabajo de Nguyen et al. (2026), caso de volátiles nominal y órbitas circulares. La cifra es el cociente entre la distancia real del planeta y la de la frontera para su masa. Menos de 1 · lado sin aire. Más de 1 · lado que retiene. Ma = millones de años. Cálculo propio a partir de la Tabla 1 del trabajo y de las masas y semiejes de Agol et al. (2021).
Planeta Masa (masas terrestres) Distancia (UA) 10 Ma 100 Ma 1.000 Ma 5.000 Ma
b 1,374 0,01154 0,57 0,60 0,62 0,46
c 1,308 0,01580 0,76 0,81 0,83 0,63
d 0,388 0,02227 0,58 0,58 0,57 0,61
e 0,692 0,02925 1,07 1,12 1,13 0,97
f 1,039 0,03849 1,70 1,80 1,84 1,43
g 1,321 0,04683 2,26 2,41 2,48 1,86
h 0,326 0,06189 1,42 1,42 1,36 1,61

La comprobación que había que pasar: b, c y d

Un cálculo así no vale nada si no se puede contrastar, y aquí había un contraste disponible. De los planetas ya observados por el Webb, hay tres cuyo veredicto observacional apunta en la misma dirección: b es, según el propio trabajo, muy probablemente un mundo sin aire; c descarta con fuerza una atmósfera espesa rica en CO2, aunque una fina siga siendo posible; y en d las atmósferas espesas también son improbables, sin que las observaciones puedan excluir una muy fina o una tapada por nubes y aerosoles.

Si la frontera sirve para algo, esos tres tienen que caer por dentro. Y caen: en las cuatro edades tabuladas, b, c y d salen del lado sin aire, con cocientes que van de 0,46 a 0,83. Ninguno se acerca a 1 desde abajo. Es el resultado que había que exigir antes de mirar los demás, y es la razón por la que las cifras de e y de h merecen que se las lea en serio.

TRAPPIST-1 e: el planeta que cruza la frontera mientras envejece

Aquí está lo que no se ve si uno mira solo una edad. A los 1.000 millones de años, e sale con 1,13: fuera de la frontera, del lado que retiene. A los 5.000 millones sale con 0,97: dentro, del lado sin aire. En el propio ajuste del trabajo, TRAPPIST-1 e cruza la frontera entre esas dos edades. No porque el planeta se mueva, sino porque la frontera que dibuja el ajuste se mueve: entre esas dos edades se aleja de la estrella y deja a e por dentro.

El 0,97 aguanta el primer zarandeo. Repitiendo la cuenta con la fila de excentricidad 0,01, que es la que incluye calentamiento por marea, e vuelve a salir 0,97 a los 5.000 millones de años. La conclusión no depende de esa elección.

Lo que sí hay que decir, y es la mitad de la historia: 5.000 millones de años es la fila más vieja que publica el trabajo, y TRAPPIST-1 tiene 7.600 millones de años, con una incertidumbre de 2.200 millones, según el estudio de Burgasser y Mamajek sobre la edad del sistema. El sistema es más viejo que la última casilla de la tabla. Extrapolar sería inventar, así que no lo hacemos.

Sumando las dos cosas, la lectura honesta es que e está en el filo, y ni una palabra más. Un 3 % por dentro de una frontera ajustada con un polinomio no es una sentencia: es un empate técnico. Y encaja, por cierto, con lo que el Webb ha visto hasta ahora en e, que admite tanto una superficie desnuda como una atmósfera de moléculas pesadas, sin que la contaminación por manchas de la estrella permita decidir.

El caso h, donde la propia frontera se queda corta

El planeta exterior es el que enseña los límites de la herramienta, y esto es más interesante que taparlo. Aplicando el polinomio, h sale con 1,61 a los 5.000 millones de años: holgadamente del lado que retiene, más despejado incluso que f. Pero el texto del trabajo dice lo contrario. En sus palabras, «es improbable que TRAPPIST-1 h retenga atmósfera alguna, dada su baja masa y su baja temperatura de equilibrio, y puede parecerse a un mundo helado sin aire» (traducción nuestra del original en inglés).

No es una contradicción, y ni ellos ni nosotros nos hemos equivocado en la cuenta. Es que la frontera codifica un solo lado del problema, el escape, y a h no le falla ese lado: le falla el otro. Está tan lejos y tan frío que apenas desgasifica, así que la atmósfera no es que se la arranquen, es que no llega a tenerla. Ese fallo lo describe la otra frontera, el banco de arena, y para TRAPPIST-1 con órbitas circulares el trabajo no tabula ningún banco de arena: las temperaturas de equilibrio son demasiado bajas para sostener océanos de magma (con excentricidad 0,01 sí lo tabula, porque el calentamiento de marea ayuda a formarlos y a mantenerlos). Donde el trabajo no dibuja banco de arena, la costa sola no cuenta la historia entera.

Hay una segunda razón para no apoyarse en el 1,61, y la pone el propio trabajo: avisa de que por debajo de unas 0,3 masas terrestres sus ajustes deben leerse como guías aproximadas, porque un polinomio de orden bajo no sigue bien una frontera muy curvada. h tiene 0,326 masas terrestres: justo por encima de ese umbral, pero pegado a él. El segundo más ligero, d, con 0,388, tampoco anda lejos.

Qué dice el trabajo, planeta a planeta

Conviene separarlo del cálculo anterior, porque es suyo y no nuestro. Para el inventario nominal de volátiles, Nguyen y sus colegas predicen que b, y posiblemente c y d, son rocas peladas en el valle sin aire, salvo que las sostenga un vulcanismo esporádico alimentado por mareas. Que e podría albergar una atmósfera fina, de tipo marciano. Que f y g podrían retener otras más gruesas, pero son lo bastante fríos como para arriesgarse a que la atmósfera colapse en la cara nocturna si no hay redistribución de calor. Y que h difícilmente retiene nada.

Nuestro cálculo pone número a esa escala cualitativa y coincide con ella salvo en h, con e en empate técnico. En h ya hemos visto por qué el número y el texto discrepan.

Un dato para calibrar contra qué pelean estos planetas: incluso los templados del sistema reciben, según el trabajo, que cita a Van Looveren y sus colegas, entre 68 y 1.982 veces el flujo de ultravioleta extremo que recibe la Tierra. TRAPPIST-1 es una estrella diminuta, pero sus planetas están apretadísimos contra ella: el más exterior de los siete, h, orbita a 0,062 unidades astronómicas, así que el sistema entero cabe en menos de una dieciseisava parte de la distancia que separa la Tierra del Sol.

¿Se puede ver TRAPPIST-1 desde España?

La respuesta corta es que no, y el porqué explica de paso cómo se estudia este sistema. TRAPPIST-1 está en la constelación de Acuario, según la NASA, en ascensión recta 23 h 06 min 30 s y declinación −5,04°: prácticamente sobre el ecuador celeste, de modo que sale por encima del horizonte desde cualquier punto de España. Lo que falla es el brillo: magnitud 18,75 en el visual. No es una estrella para mirar, es una estrella para medir.

Y ahí está la clave de todo lo demás. Con 2.560 K de temperatura superficial, esta estrella emite casi todo su brillo en el infrarrojo: la misma estrella que tiene magnitud 18,75 en el visual tiene 10,30 en la banda Ks del infrarrojo cercano. Son 8,45 magnitudes de diferencia, que es justo el color V−Ks que publica la tabla de Burgasser y Mamajek. Por eso los planetas de TRAPPIST-1 no son un objetivo de telescopio óptico sino del Webb, que trabaja precisamente en el infrarrojo, y por eso lo que sabemos de sus atmósferas se mide en tránsitos y en emisión térmica, no mirando.

El sistema está a 12,49 pársecs, unos 41 años luz, lo que en escala galáctica es aquí al lado. Es esa cercanía, y no el brillo, lo que lo ha convertido en el laboratorio de referencia para saber si un planeta rocoso alrededor de una enana roja puede conservar aire.

Qué mirar a partir de ahora

La utilidad práctica de tener dos fronteras en vez de una es que ahora se puede fallar de dos maneras distintas, y eso hace las predicciones comprobables. Un mundo de lava con atmósfera espesa ya no es una anomalía: es un habitante del banco de arena. Un planeta templado y pelado tampoco: es el valle.

Para TRAPPIST-1, la casilla que hay que vigilar es e. Nuestro cálculo lo deja a un 3 % de la frontera con la fila de 5.000 millones de años, el trabajo le concede como mucho una atmósfera fina de tipo marciano, y el Webb todavía no puede decidir entre eso y una superficie desnuda. Tres formas de decir lo mismo: es el planeta del sistema donde una medida más cambiaría de verdad la respuesta.

Y queda la advertencia que el propio trabajo se pone y que conviene no olvidar al leer cualquier tabla de este tipo: estas fronteras son ajustes a un modelo, no medidas. Sirven para ordenar dónde mirar. Quien decide sigue siendo el espectro.