Cuántos satélites aguanta el cielo nocturno: ESO calcula 100.000

El cielo nocturno tiene un aforo, y ya hay quien le ha puesto número. Un estudio del Observatorio Europeo Austral (ESO) publicado el 1 de julio de 2026 concluye que alrededor de la Tierra no deberían orbitar más de 100.000 satélites, y que además todos tendrían que ser lo bastante tenues como para no verse a simple vista. Las constelaciones que las empresas han propuesto suman más de 1,7 millones.

Esa es toda la noticia en una resta: se han propuesto más de diecisiete veces la cantidad de satélites que, según ESO, la astronomía puede encajar. Y lo que está en juego no es solo la comodidad de los observatorios profesionales, sino el aspecto del cielo que miras desde tu pueblo.

Qué dice exactamente el estudio

El trabajo lo firma Olivier Hainaut, astrónomo de ESO, y está aceptado para su publicación en la revista Astronomy & Astrophysics. No es una nota de opinión: el manuscrito completo está fechado el 29 de junio de 2026 y, según consta en sus agradecimientos, lo revisaron dos árbitros anónimos del Centro para la Protección del Cielo Oscuro y Tranquilo de la Unión Astronómica Internacional.

El punto de partida son dos cifras que conviene tener juntas. En órbita terrestre hay hoy más de 14.000 satélites, frente a unos 2.000 en mayo de 2019, cuando SpaceX lanzó el primer lote de Starlink; la cuenta sube a más de 32.000 objetos si se incluyen satélites muertos y fragmentos de basura espacial, según los recuentos de Jonathan McDowell que cita el estudio (datos de febrero de 2026).

Y en la lista de lo propuesto hay 1.766.623 satélites planeados, repartidos en 33 grandes constelaciones. Tres proyectos concentran casi todo: los centros de datos orbitales de SpaceX (un millón de satélites), la constelación Cinnamon de E-Space (más de trescientos mil) y las chinas CTC-1 y CTC-2 (cerca de cien mil cada una).

Para medir el daño, Hainaut simuló las posiciones, el movimiento y el brillo de todas esas constelaciones sobre dos instrumentos concretos: FORS2, una cámara del Very Large Telescope de ESO en Chile que representa a los grandes telescopios tradicionales, y la cámara del Observatorio Vera C. Rubin, que representa a los detectores que se saturan cuando les cruza algo brillante.

¿De dónde sale la cifra de 100.000?

El límite no es un número suelto: viene con una condición de brillo pegada. El estudio recomienda que ningún satélite supere la magnitud 7, medida en una escala en la que los números más altos significan objetos más tenues. ESO explica en su nota que un satélite más tenue que la magnitud 7 no satura los detectores de una cámara como la del Rubin y, de paso, resulta invisible a simple vista incluso bajo cielos oscuros y prístinos.

Hay una letra pequeña técnica que merece una frase. El estudio no usa el brillo tal cual se ve, sino el que tendría el satélite si estuviera en el cénit a 550 kilómetros de altura, lo que permite comparar aparatos que vuelan a alturas distintas. Un satélite bajo se ve más brillante que ese número; uno alto, más tenue.

Con esa condición cumplida, el estudio busca el punto en el que las pérdidas dejan de ser tolerables, y lo sitúa en unos 100.000 satélites: por encima, las estelas se comen más campo de visión del que los observatorios pierden ya por averías de equipo. El propio autor insiste en que es un umbral orientativo. «No es un número fijo, no podemos decir que 99 999 sea bueno y 100 001 sea malo: claramente preferiría 50 000», declara Hainaut en la nota de prensa de ESO.

Este es el resumen de los escenarios que simula el estudio, del más benigno al más extremo.

Escenario Satélites Pérdida de campo en el VLT Efecto en el brillo del cielo
Constelaciones en despliegue, ya completas (Starlink, OneWeb, GuoWang, Amazon Leo) 64.526 Menos del 1% Despreciable: una diezmilésima del cielo natural
Centros de datos orbitales de SpaceX 1.000.000 Del 10% al 20%, con un pico del 28% De despreciable a modesto
Espejos de Reflect Orbital previstos para 2030 5.000 · Sube un 20% a 30%
Espejos de Reflect Orbital previstos para 2035 50.000 · Sube un 200% a 300%

La primera fila es la buena noticia del estudio: las constelaciones de telecomunicaciones que ya están desplegándose, cuando estén completas, unos 64.526 satélites si todos respetan el límite de brillo, causarían un efecto que el trabajo califica de molesto pero manejable, por debajo del 1% del campo de visión.

El pico del 28%, y qué significa de verdad

La cifra que más circula del estudio necesita su contexto, porque es fácil entenderla al revés. El 28% es el peor momento del escenario del millón de satélites de SpaceX, no de la constelación que hay hoy en órbita. Se mide sobre exposiciones de 300 segundos (cinco minutos) de la cámara FORS2, y se alcanza cuando el telescopio apunta hacia las cúspides de la constelación, que es donde los satélites se amontonan.

Las otras dos cifras del mismo escenario ayudan a situarla. En el ejemplo concreto que ilustra el trabajo, con el Sol a 24 grados bajo el horizonte, las pérdidas quedan entre el 6% y el 15%. Y las conclusiones generales del estudio cifran en un 10% a 20% lo que perdería una megaconstelación de un millón de satélites o más durante buena parte de la noche, hasta convertirse en la primera causa de pérdida de datos, por delante del mal tiempo y de las averías.

Conviene decirlo claro: eso le pasa a una cámara científica montada en un telescopio gigante, no a tus ojos ni a tus prismáticos. Una pérdida del 28% del campo significa que una parte grande de los píxeles de una imagen científica queda inservible por las estelas. No significa que un aficionado vaya a ver el cielo un 28% peor. Son cosas distintas y el estudio no las mezcla.

Para hacerse a la idea de la magnitud del estropicio: en ese escenario, una exposición de cinco minutos apuntando al cénit recoge de media más de ocho estelas, y más de veinte si el telescopio mira hacia las cúspides de la constelación. Y eso ocurre incluso hora y pico después de acabado el crepúsculo astronómico, con más de medio cielo afectado.

Lo que sí cambia para el ojo humano es lo que ocurre si los satélites incumplen el límite de brillo. El estudio calcula que, con un millón de satélites de magnitud 5 (más brillantes que el umbral recomendado), unos 2.000 serían visibles a simple vista una hora después de la puesta de Sol. Como comparación, el propio trabajo recuerda que en un cielo bueno se ven entre cuatro mil y cinco mil estrellas. Su conclusión es que los satélites afectarían de forma significativa al aspecto del cielo.

Los espejos: el caso que dispara todas las alarmas

El escenario extremo no lo protagoniza una constelación de telecomunicaciones, sino una empresa que quiere vender luz solar de noche. Reflect Orbital, una start-up estadounidense, planea satélites con forma de espejo que reflejen luz del Sol hacia puntos concretos de la superficie, con haces que, según ESO, se extienden al menos cinco kilómetros sobre el suelo. Su calendario, según el estudio: un prototipo en 2026, 36 satélites en 2027, 5.000 en 2030 y una extensión a 50.000 en 2035.

ESO calcula que estos serían los satélites más brillantes jamás puestos en órbita. Visto desde dentro de uno de sus haces, el satélite parecería cuatro veces más brillante que la Luna llena. Y aun suponiendo que ninguno apunte su haz hacia un observador, cada uno brillaría como el planeta Venus. El estudio estima que la constelación de 2030 pondría en el cielo más de cien satélites tan brillantes como Venus, y la de 2035, más de mil.

El efecto acumulado sobre el fondo del cielo es la novedad de este trabajo, y es lo que da nombre al artículo científico. Con los 50.000 espejos de 2035, el brillo de fondo del cielo aumentaría entre un 200% y un 300%: el cielo natural pasaría a estar entre 20,8 y 20,5 magnitudes por segundo de arco cuadrado. El estudio lo equipara a un cielo semi-suburbano, inservible para observar de noche cerrada.

Por qué esto no es la contaminación lumínica de siempre

La contaminación lumínica clásica, la de las farolas y los polígonos, tiene una solución conocida y trabajosa: alejarse. Se coge el coche, se sube a una sierra y el cielo mejora. Contra esta no hay carretera que valga, porque la luz no viene del pueblo de al lado sino de encima de tu cabeza, y llega igual a Tenerife que a Zamora.

El estudio distingue además dos formas de estropear una noche que van más allá de la estela obvia. Los satélites demasiado tenues para verse como puntos aportan un velo difuso, un fondo continuo que nadie identifica como satélite pero que sube el nivel de gris de todo el cielo. Y la luz de los brillantes se dispersa al atravesar la atmósfera y se reparte en todas direcciones, como hace la luz de una farola en una noche de niebla. ESO sostiene que este es el primer estudio que suma esa contribución al brillo de fondo del cielo, y no solo las estelas individuales.

Hay una segunda diferencia incómoda. La contaminación lumínica de las ciudades se regula desde los ayuntamientos y las comunidades autónomas; esta se decide en la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos, a la que SpaceX y Reflect Orbital han pedido permiso para lanzar. ESO, junto con la Royal Astronomical Society británica y la Unión Astronómica Internacional, ha respondido a esa consulta usando este estudio como base. La FCC ha recibido más de 1.800 comentarios sobre la propuesta de Reflect Orbital y casi 1.500 sobre la de SpaceX, según Betty Kioko, responsable de coordinar la respuesta de ESO.

¿Y qué se ve de todo esto desde España?

Se ve, y no hace falta ningún aparato. Los trenes de satélites que cruzan el cielo son puntos que se desplazan despacio y en línea recta, sin luces de colores ni parpadeo. Si parpadea con luces de colores, es un avión, que es justo la regla con la que ESO separa unas estelas de otras en sus fotografías.

El truco para verlos está en la geometría, y explica por qué siempre aparecen a las mismas horas. Un satélite solo se ve si a él le está dando el Sol mientras tú ya estás a oscuras. Después de la puesta de Sol, la sombra de la Tierra va subiendo: cuando el Sol está 23 grados por debajo del horizonte, esa sombra ya alcanza los 550 kilómetros de altura sobre tu vertical, que es la altitud de referencia del estudio, y los satélites que vuelan a esa altura y pasan por encima de tu cabeza se apagan de golpe. Los que van más arriba aguantan iluminados más: para apagar uno a 1.000 kilómetros, el Sol tiene que bajar hasta los 30 grados. Por eso la ventana buena de los satélites de referencia va del atardecer hasta un rato después de la noche cerrada, y se repite simétrica antes del amanecer.

Estas son las horas de esa ventana para la noche del 15 de agosto de 2026, calculadas para Madrid y Tenerife.

Momento Madrid Tenerife
Se pone el Sol y empieza la ventana 21:12 20:45
Noche astronómica (Sol a 18 grados) 22:54 22:09
La sombra terrestre llega a 550 km: se apagan los de esa altura 23:29 22:35
Vuelve a empezar, de madrugada 05:09 05:46

Horas locales de cada lugar (peninsular en Madrid, canaria en Tenerife). Calculado con Skyfield (efeméride DE421 del JPL) para Madrid (40,4168° N; 3,7038° O) y Tenerife (28,2916° N; 16,6291° O). La puesta de Sol, con la convención estándar (borde superior del disco, con refracción); los ángulos de 18 y 23 grados, geométricos, sin corregir por refracción. Cómo calculamos.

Esa ventana de los 550 kilómetros dura poco más de dos horas en Madrid y algo menos en Canarias, y se desplaza con el calendario: en pleno invierno empieza mucho antes, a las 18:12 en Madrid la tarde del 15 de enero de 2027, y se cierra a las 20:15. El límite de los 23 grados es para un satélite de esa altura que pase justo por encima; los que cruzan bajos hacia el oeste aguantan iluminados algo más.

Si sales a mirar en esa franja, el mejor tramo es el último: los 35 minutos que esa noche de agosto van en Madrid de la noche cerrada al apagón de los 550 kilómetros (26 minutos en Tenerife), con el cielo ya del todo oscuro y esos satélites todavía encendidos. Antes de la noche cerrada es mala hora para observar objetos tenues, porque el cielo aún no está oscuro del todo; después del apagón lo tienes oscuro, pero los satélites de esa altura ya se han apagado.

Qué pasa ahora

La decisión está en manos de la FCC, que aún no se ha pronunciado sobre ninguna de las dos solicitudes. Lo que ha cambiado con este trabajo es que la discusión ya tiene un número encima de la mesa: 100.000 satélites tenues, o menos si alguno se pasa de brillante. Hasta ahora la comunidad astronómica podía decir que las megaconstelaciones molestaban; ahora puede decir cuánto y a partir de dónde.

El propio estudio marca sus límites con honestidad, y conviene repetirlos: mide solo astronomía óptica desde tierra. Los efectos sobre la radioastronomía, la saturación de las órbitas, la basura espacial y la contaminación de la atmósfera por los lanzamientos y las reentradas quedan fuera, y el autor los deja explícitamente para quien sepa de eso.

Mientras tanto, lo que le toca al aficionado es mirar y comparar. Si sales estas noches a ver las Perseidas de este agosto, fíjate en cuántos puntos cruzan en línea recta durante la primera hora larga después del anochecer: eso es el escenario actual, el de los 14.000. Y si te interesa el otro extremo del crepúsculo, ahí sigue Venus en su mayor separación del Sol al atardecer, que es justo el brillo que tendría cada uno de los espejos de Reflect Orbital. Para lo demás que se ve estos días, tienes el repaso del cielo de agosto y el archivo completo en el calendario del cielo.

Las cifras de este artículo salen de dos fuentes primarias: la nota de prensa que ESO publicó el 1 de julio de 2026 y, sobre todo, el artículo de Hainaut aceptado en Astronomy & Astrophysics (PDF), que es donde están los números con su método.